Wednesday, September 10, 2008

TEOSOFÍA I

TEOSOFÍA
HISTORIA DE UNA PSEUDOCIENCIA IRRACIONAL

Existen muchos libros sobre cierta supuesta ciencia llamada Teosofía desparramados por el orbe; incluso un diccionario completo bastante grandecito sobre esta pseudociencia, y las ventas en el mundo entero son importantes.
Veamos un poco las bases de esta pretendida “sabiduría adquirida por el estudio de la vida y la forma” -según una de sus definiciones- o “conocimiento profundo de la Divinidad”.
Aún tratándose de una metafísica, la incluyo aquí porque sus sostenedores, con insólitas veleidades de sabiduría, dicen basarse en la ciencia.
“La Teosofía es en cierto modo una revelación, pero una revelación de conocimiento -se dice- por aquellos que lo han adquirido. Al principio se presenta como hipótesis, y sólo por el experimento y la experiencia se convierte en conocimiento personal”. (C. Jinarajadasa en su libro: Fundamentos de la Teosofía, Kier, Buenos Aires, 1982, Introducción, pág. 18).
“No hay más que una ciencia -nos dice Jinarajadasa- mientras no cambien los hechos: lo estrictamente científico es teosófico y lo verdaderamente teosófico se halla en armonía con todos los hechos y, por tanto, es lo más encumbrado de la Ciencia”. (Ob. cit. pág. 21).
“La Teosofía se define como la sabiduría adquirida por el estudio de la evolución de la vida y la forma”. (Ob.cit.pág. 17).
Adhiriéndose a la filosofía alejandrina, los teósofos nos hablan de un logos como el espíritu intermediario entre lo humano y lo divino.
“Los Maestros de la Sabiduría, agentes del Logos, dirigen el proceso evolutivo… Constituyen la Gran Jerarquía o Gran fraternidad Blanca. Ellos son los que guían la construcción y destrucción de las formas por mar y tierra; los que dirigen el encumbramiento y la decadencia de las naciones, dotándolas de la Sabiduría Antigua, a cada una en la medida de asimilación”. (Ob. cit. pág. 41).
No vamos a entrar en el laberinto de las especulaciones teosóficas porque sería una pérdida de tiempo. Sólo vamos a describir una de sus “conclusiones” fruto de sus incursiones en la ciencia, según dicen.
Los disparates abundan, y el dislate mayor es haber tomado como base los conocimientos científicos de fines del siglo XIX para edificar sobre ellos toda una metafísica ficticia.
Para ofrecer pruebas de que la teosofía es pura invención mental, basta dar sobre ella un somero vistazo a vuelo de pájaro con el fin de conocer a grandes rasgos qué clase de temas se barajan en su construcción.
Si este “conocimiento de la Divinidad” se hubiese avenido a dejar abierta la posibilidad de modificar su metafísica para adaptarla a nuevos conocimientos científicos, quizás hubiese obrado con inteligencia. Flexibilizando su dogma, hubiese obtenido la posibilidad de amoldarse a los nuevos descubrimientos científicos y salir airosa con su concepción central. Pero resulta que esta concepción medular del mundo y la vida ha hincado tan profundo en muchos supuestos científicos tomándolos como piedras angulares, los ha tomado tan al pie de la letra para elaborar su sistema, que hoy ya no queda nada de su edificio.
Nos habla, por ejemplo, de un sistema solar con doce cuerpos (cuando hoy sabemos que en realidad son nueve (con el planetoide Plutón), y si contamos también sus lunas podemos redondear la cifra en 40 cuerpos espaciales que rodean al Sol) pues añaden al planeta Vulcano y uno más allá de Plutón (¡Quizás por las dudas, por si llegan a ser descubiertos algún día!) y también incluyen a Eros, uno de los asteroides.
Nos informan acerca de ciertos tipos de evolución humana y dévica (hombre perfecto y “Angel”) etc.; de tipos humanos según sus tendencias (ritual filosófico, ejecutivo, devoto); de una clasificación del hombre del tipo lemur, atlante y ario. El lemur proviene de Lemuria, del tiempo cuando la tierra emergente, hace más de un millón de años, ocupaba áreas totalmente diferentes de las actuales. Los atlantes son oriundos, por supuesto, del continente Atlántida (hoy Océano Atlántico), que se hundió y los teósofos, siguiendo a Platón, lo aceptan como cuna de una raza humana. Finalmente la tercera raza es la de Asia (aria) de modo que la Lemuria, la Atlántida y el Asia, según estos macaneadores, fueron la cuna de las tres razas cuyos descendientes pueblan hoy la Tierra.
Basta comparar estos datos que nos brinda la teosofía de antaño con la moderna antropología, para darnos cuenta de que esta gente navega en el siglo XIX y sólo en los “mares” de algunas hipótesis escogidas, hoy ya definitivamente abandonadas.
Por supuesto que para añadir más dramatismo a la creación del mundo, creen en el “diluvio universal” bíblico (mito que también mencionan los sumerios), evento que jamás existió a escala universal, según lo han demostrado la geología y la paleontología actuales.
Y para añadir más misterios, aceptan las “leyes de la encarnación”, nos describen los tipos de almas que se reencarnan (¡como si las hubiesen visto!) a saber: tipo no desarrollado (una subraza antes de pasar a la siguiente y que necesita reencarnarse muchas veces); tipo sencillo, el tipo cultivado (que reencarna dos veces en el mundo celestial; el tipo en el sendero (que se reencarna inmediatamente bajo la direccion del Maestro) y el adepto (que ya no necesita reencarnarse). (Ver: Obra citada, pág. 62)
Aceptan también la ley del Karma tomada quizás del brahmanismo y del budismo según la cual “los señores del kama cual benéficas Inteligencias actúan de árbitros del Karma según el plan del Logos”. (Véase Obra citada, pág. 82).
Ese Karma ayuda a dar un paso más en la evolución, se dice.
Los teósofos saben que hay “mundos invisibles” cuya deducción de su existencia sacan, por ejemplo, de las fotografías obtenidas del Sol mediante cámara fotográfica comparada con el espectroheliógrafo. ¡Claro! Si la galaxia Andrómeda es fotografiada con placa común es una cosa. Si con luz infrarroja parece ser otra. Esto para los teósofos indica que “hay mundos invisibles”. ¡Claro que hay cosas invisibles a simple vista dada la relatividad de nuestra visión! Pero los teósofos colocan en “esos mundos” que reducen a tres: mental, astral y físico, a ciertos habitantes. Nunca los han visto, pero la imaginación lo puede todo.
En el mundo físico, sólido, líquido y gaseoso, colocan la “vida mineral”.
En el mundo etéreo, superetéreo subatómico y atómico, colocan a los hombres y fantasmas de los cementerios.
En el mundo astral primero están los cuerpos astrales
desechados o “cascarones”, formas de pensamiento elementales, espíritus de la naturaleza, silfos. Encima, hombres, animales (durante el sueño y temporalmente después de la muerte), kama-devas.
En el cielo inferior están situados los filósofos, artistas, filántropos, devotos y afectuosos, arupa devas.
Estas ingenuidades se repiten a lo largo de todo el dogma que así no es siquiera metafísico sino sólo cuento de hadas.
Mientras dormimos -dicen- vivimos en nuestro cuerpo astral. De este modo es como explican el sueño. Cuando despertamos -añaden- los cuerpos físicos y los superiores se vuelven a unir y dejamos de ser habitantes del mundo astral.
Claro está que, para aquel que no sabe nada de física, química, astronomía, biología y psicología, estas cosas pueden parecerle fascinantes, incluso ser confundidas con un manojo de sabiduría profunda, en cambio para el conocedor auténtico, sólo se trata de una sarta de dislates, fruto de una ilimitada ingenuidad e ignorancia pedante extrañamente amalgamadas.
A su vez los cuerpos astrales desechados son diferentes de los físicos también desechados, porque retienen en sus partículas astrales cierta cantidad de la conciencia del alma que los ha abandonado.
¿Cómo saben todo esto? ¿Por revelación? Ya sabemos que las supuestas “revelaciones” son mitos.
¿Quién que posea elementales nociones de física, química, bioquímica y biología, puede aceptar que existan “habitantes temporales (del mudo físico), que se desintegran a las pocas semanas o meses, que son las contrapartes etéreas de los cuerpos físicos llamados dobles etéreos, que flotan sobre las sepulturas en que están enterrados los cuerpos físicos “más densos”? Puesto que estos dobles etéreos tienen la forma de sus contrapartes más físicas y se componen también de materia física, las gentes sensitivas los ven algunas veces en los cementerios y los confunden con las almas de los difuntos”. ( Ob.cit. pág. 105).
¿Es esto algo así como una física novedosa que obliga a tirar a la basura a la que se estudia en las universidades del mundo y a cerrar todas las facultades de física y reemplazarlas por cátedras de teosofía?
Sabemos, dicho sea de paso, que suele verse en algunos cementerios, de noche, sobre algunos lugares de enterramiento, ciertos resplandores fantasmagóricos, que no son otra cosa que productos de ciertas bacterias fosforescentes sobre los cadáveres superficialmente enterrados. (Otro ejemplo lo tenemos también en los troncos de árboles en putrefacción que fosforecen en las noches muy oscuras debido a las mencionadas bacterias, “luces malas” que han asustado a más de un gaucho supersticioso de las pampas).
También nos aclaran los teósofos que nuestro cuerpo físico al morir es desechado para vivir por un tiempo en el mundo astral. Del mismo nos separamos del cuerpo astral para pasar al mundo mental.
Pero, puesto que “sabemos” que los cuerpos astrales desechados, son diferentes de los físicos puesto que en sus partículas se halla retenida una cantidad determinada de la conciencia del alma que de ellos ha huido, por este motivo dichos cuerpos contienen “muchos recuerdos”. Y puesto que retienen temporalmente una extraña vitalidad, son capaces de imitar hábitos y expresiones de los entes que abandonaron . Estos son los llamados fantasmas, y los espíritus de los muertos que aparecen durante las sesiones espiritistas, atraídos por las invocaciones de los vivos. Pero se trata de simples simulacros. (Véase Ob. Cit. pág. 105 y 106).
¡Buena explicación del fenómeno espiritista! ¡Les ganaron a los parapsicólogos! Lástima que los tres: espiritistas, parapsicólogos y teósofos, sólo van a la caza de fantasmas, creen en ellos y pretenden hacer ciencia con lo inexistente en el mundo real, esto es de las fantasmagorías.
Hablan también de las tres naturalezas del hombre: mental, astral y física y del hombre en vida y en muerte para continuar con una ingenua evolución de los animales donde se describen almas grupo como los cánidos: lobos, zorros, perros y chacales y félidos: leones, tigres y gatos. Cada forma que muere aporta a su Alma grupal sus experiencias y tendencias según donde han vivido.
Pero si nos fijamos en dos gatos -dicen- veremos diferencias. El que nace en una casa donde se le ofrece cariño, responde a “vibraciones (?) de orden superior” que percibe procedentes de los pensamientos y sentimientos de sus amos. Se sabe “a ciencia cierta” que antes de morir este gato favorecido producirá una nueva especialización en el Alma grupal simplemente para mezclarse con las demás sin aportar ningún progreso al grupo. (Comentario aparte: es evidente que para estos pseudocientíficos no existe límite alguno para echar al vuelo sus dotes de fantasía y… ¡su ignorancia!).
¡Genial explicación de la evolución de los animales a partir de la nesciencia! ¡Lástima que el genial Darwin no supiera nada de estas cosas!
Leyendo Teosofía, uno no acierta a veces a distinguir si esta gente habla en serio, o pretende parangonar a la ciencia con sus invenciones para ridiculizarla o nos toma por tontos a los que abrevamos en las Ciencias Naturales. A tal punto sube la fantasía que el ocasional lector conocedor de las ciencias se siente tentado a pensar que todo el edificio teosófico ha sido inventado por niños traviesos fundándose en pinceladas científicas, totalmente distorsionadas luego a capricho para explicar grotesca e ingenuamente el mundo y captar mentes muy simples con fines a la diversión. En efecto, de pronto se advierte a través de la lectura, que los constructores de la teosofía han echado mano de todo a su alcance. Tanto de las mónadas de Leibniz, como del éter de los antiguos cual fluido imponderable que transmite la luz, hoy totalmente desechada por los físicos, sin olvidarse del trillado Logos del no menos trillado Génesis bíblico, de elementos del budismo, y de los átomos de la física clásica pero positivos formados con espirales y también negativos. Se pasa luego, sucesivamente, a los reinos de la vida en evolución, desde la primera esencia elemental hasta la humanidad, a la Cadena Planetaria con siete globos en distintos planos y a una química sui generis.(Ob. cit. págs. 143 y151).
Para explicar la evolución de la vida echan mano de elementos indios como los Avatares de Vishnú cuya secuencia es: pez, tortuga, jabalí (animal); hombre -león (transición), enano (eslabón perdido), gigante destructor (hombre primitivo), Rama el Rey (hombre ideal), Krishna (Dios como hombre) y Kalki (Dios como hombre por venir).
Luego se pasa a la evolución de la conciencia desde lo físico hasta lo nirvánico sin descuidar la mención del bautismo con agua de Juan el Bautista y el realizado por Cristo con el Espíritu Santo y fuego (pruebas de pura invención de gente muy ignorante), para finalizar con “la Gran Fraternidad Blanca” y “el llamado de Dios que es ¡evolución! (No creación). (Ob. cit. pgs. 143, 151 y 198).
Como hemos podido apreciar, si queremos volar en alas de la más pura fantasía disfrazada de sabiduría, no hay nada mejor que incursionar en la Teosofía, un alto exponente del mundo de ficción creado por la fructífera mente para luego navegar en él en alas de la fantasía, a la par del ciego, tenebroso, traicionero y enigmático mundo real.
Este mundo real, paradójicamente es el que ha creado al mundo irreal desde una estructura cerebral humana. Allí se ha generado todo y se vive en ese ámbito mientras se tengan noticias de él y mientras se piense en él. Luego, se esfuma no bien deja de existir el informado que posee grabado en sus neuronas ese mundo o mas bien una fracción del mismo. Digo fracción, porque cada ser humano que aparece en el planeta Tierra recoge un mundo artificial particular según el ámbito de su nacimiento y desarrollo (budista, confuciano, judaico, cristiano, etc.) y según el folclore y cosmogonía del lugar. Además en estos tiempos del auge de la información, es fácil que cualquier ciudadano del mundo obtenga un libro o noticias de otros lejanos lares con sus creencias, filosofías y cosmogonías, para adherirse a ellas. Me refiero al occidental, por ejemplo, que adquiere noticias acerca del budismo y se adhiere a esta religión o viceversa, un oriental que, Biblia en mano, se convierte al cristianismo.
Realmente, si nos propusiéramos recopilar y almacenar en computadoras todas las fantasías humanas escritas y transmitidas oralmente, quizás no nos alcanzarían los días para conocerlas todas. El mundo de ficción a la par del real, es inmenso, fruto de este, recluido en un punto de la Vía Láctea, a su vez un punto del Cosmos, pero inmenso en su variedad. Los átomos lo han formado.
Los átomos componentes de nuestras neuronas han inventado este mundo inabarcable como fenómeno de escape del mundo real por razones puramente biológicas, más precisamente de supervivencia, de una especie animal consciente, inteligente que, sola, enfrentada con el mundo real, no podría soportarlo hasta tanto no lo conociera, lo dominara y mejorara. Sólo entonces podría abandonar el mundo ilusorio, sin necesitarlo más.

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TEOSOFÍA II

TEOSOFÍA II
SI DE DOCTRINAS EXTRAÑAS SE TRATA…

Hubo personas que han creído ver en el mundo entero un dechado de armonías. En la naturaleza, innumerables leyes de las que participamos y un motivo teleológico (de los fines) en la existencia, es decir, metas excelsas a ser alcanzadas por nosotros según cierto plan Divino.
Han imaginado un panteísmo emanantista unos, e inmanentista otros. Los primeros idearon una serie jerárquica de divinidades menores provistas de conciencia y libertad situadas entre el principio primordial de todos los seres (Dios con mayúscula) y el hombre, emanadas de aquel primer principio a quien lo interpretan y representan.
Por su parte los inmanentistas reemplazan a esos semidioses por ciertas fuerzas ocultas de la naturaleza como manifestaciones del espíritu divino que anima el cosmos, del mismo modo como el espíritu humano anima el cuerpo.
Estos inventores de fantasías se denominan teósofos, y a esa especie de religión o metafísica que cultivan le llaman teosofía, que significa conocimiento profundo de la divinidad.
La teosofía difiere de la teología natural (también denominada teodicea) y se dice que también se distancia de la teología dogmática, aquélla que parte de los principios revelados. No obstante los teósofos hablan de su teosofía como si se tratara de una revelación de conocimiento.
En realidad consiste en una mezcla de todo un poco, donde entran elementos extraídos del brahmanismo y del budismo con su idea del Karma (según la cual el destino del hombre después de la muerte depende de sus actos en esta vida o de existencias anteriores, para reencarnar en una clase superior o inferior); del cristianismo; de la teogonía o “ciencia” de los principios absolutos; de la cosmogonía como realización de los principios eternos; de la evolución del alma a través de la cadena de existencias; de cierto evolucionismo spenceriano (del filósofo Spencer), de la ciencia actual tergiversadamente interpretada, etcétera.
En el año 1875 fue fundada en Nueva York la Sociedad Teosófica por la espiritista y experta en temas esotéricos Elena Petrowna Blavatsky, quien decía estar inspirada por ciertas comunicaciones espirituales. Esta fundación se extendió por el mundo, y hoy existen varias sectas.
Es suficiente con echar una ojeada a algún librito que trata de los principios básicos de la teosofía, para percatarnos del absurdo en que caen sus seguidores al pretender —a pesar de sus invenciones de un mundo irreal que denominan revelaciones— apoyarse en el conocimiento científico. Lo más que pueden lograr es embaucar a los lectores desprevenidos, faltos de conocimientos científicos básicos, que toman por verdadera cognición ¡una sarta de disparates!
En el libro de C. Jinarajadasa, Fundamentos de la teosofía (Buenos Aires, Editorial Kier, 1982, 3ª edición) podemos “enterarnos” de cosas como estas:
A nuestro sistema solar se le asignan 12 planetas en lugar de 9 como lo demuestra la ciencia astronómica, y es porque se añaden los cuerpos astrales Vulcano, cerca del Sol antes de Mercurio; Eros, uno de los múltiples asteroides, y un cuerpo misterioso invisible situado más allá del último planeta (o planetoide) Plutón.
Se habla luego de una “misteriosa” relación (misteriosa para la moderna astronomía si hacemos caso a los teósofos) de la nebulosa M42 de Orión, con la formación de los sistemas solares.
Pero resulta que esta nebulosa es producto de un estallido estelar que, lejos de estar destinada a formar planetas, tiende a perderse en el espacio sidéreo. (Cf. Lucien Rudaux y Gérard de Vaucoulerus, Astronomía, Barcelona, pág. 476). Sin embargo los teósofos dan a entender que estos tipos de nebulosas se constituyen en embriones de sistemas solares.
Luego se salen con el disparate de comparar a la nebulosa de la Osa Mayor que es en realidad una galaxia compuesta de millones de estrellas y de dimensiones gigantescas, con la nebulosa de Orión que no es más que un halo de gases alrededor de una estrella, y pretenden explicar así la formación de un sistema planetario. (Obra citada de Jinarajadasa, págs. 21, 22 y 23).
Después dicen que dentro del sistema solar aparecen los elementos químicos más livianos como el hidrógeno, carbono, nitrógeno, oxígeno, fósforo, calcio, hierro y otros, cuando sabemos que el hidrógeno es el elemento primigenio que se encuentra por doquier en el universo y que es el combustible primario de todas las estrellas que produce radiación.
A continuación dicen que en el sistema solar se forma la vida. Preguntamos, ¿en todos los planetas? ¿Así de fácil?
A todo esto debemos añadir la adhesión a las ideas caducas del pensador inglés Herbert Spencer sobre la evolución como un principio cósmico, que señala Jinarajadasa en su libro (ob. cit. Pág. 27).
El concepto de evolución campea permanentemente en toda la teosofía. Es el logos, como una especie de “Vida Consciente” que se expresa en el universo, el que está detrás de este proceso.
Este Logos Cósmico es para esta gente, los teósofos que viven en otro mundo: la Unidad, que sin embargo se comporta como Trinidad para dar vida al universo. Esto es, como Brahma, Vishhú y Shiva (siguiéndole la corriente al hinduismo) y como Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo según la teología judeocristiana, y otras trinidades pertenecientes a diversas religiones. Aunque parece ser que nadie se formula el profundo interrogante lógico acerca de por qué la meta debe ser alcanzada mediante ese camino por etapas en que consiste la evolución. ¿Acaso es éste una especie de juego de obstáculos, un entretenimiento para el promotor del perfeccionamiento? ¿Acaso aquel ente, si es todopoderoso, no pudo haber creado ipso facto la perfección final con sólo “agitar una varita mágica” ahorrándose todo el espinoso sendero que genera contratiempos, tragedias, angustias, dolor en los 60.000 millones de espíritus destinados a encarnarse, según cálculos teosóficos?
El caos-adharma-desorden, destinado a desembocar en el cosmos-orden, a lo largo de infinidad de penurias es absurdo. Pero los teósofos parecen no advertir la sinrazón o el capricho, o tal vez alguna frívola necesidad de diversión por parte del sabihondo Logos.
En efecto, todo parece ser así un juego, una carrera de obstáculos, para cierta vez, alcanzar la santa meta. ¿Y luego…?
En resumen, aceptan las cosas como “así dispuestas”, pero no se formulan interrogantes metafísicos acerca de por qué el “plan debe ser así”, injusto para las criaturas, víctimas inocentes de los embates del ambiente.
A la evolución la imaginan por partida doble. Una de las líneas se describe así: a) esencia elemental, b) mineral, c) vegetal, d) animal, e) humano, f) hombre perfecto. La otra consiste en: a) mineral, b) vegetal, c) animal, d) Espíritu de la Naturaleza (etéreo), e) Espíritu de la Naturaleza (astral), f) “Ángel” o Deva.
En el libro de Jinarajadasa se habla también –por supuesto, ya que lo no comprobado y “misterioso” parece atraer magnéticamente a los teósofos- de la Atlántida de Platón y del bíblico “diluvio universal”, esta vez en la versión de una ola marina gigantesca que barrió las tierras bajas, provocada por el hundimiento de aquel continente platónico.
¡Buena explicación del diluvio universal! Lástima que los geólogos y paleontólogos que han estudiado minuciosamente la corteza terrestre, lo descartan. ¡El diluvio universal jamás existió! No existen huella de él en ninguna parte de la Tierra: ni en las capas geológicas, ni en los fósiles pues éstos no delatan interrupción alguna en la evolución de las formas vivientes.
Se describe después una serie de razas humanas con terminologías extrañas inventadas por autores ya anticuados, como la “lemur” y la “atlante”. Se menciona, por ejemplo, a los toltecas de color rojo-cobre cuando hoy sabemos que los “pieles rojas” jamás existieron como raza, pues su aceptación por parte de los antiguos etnólogos había sido un error. Los primeros pobladores blancos de América del Norte creyeron ver en esa coloración de la piel un característica racial cuando en realidad los indios americanos usaban un pigmento rojo que fue lo que engañó incluso a los antropólogos de antaño. Además los mal denominados “pieles rojas” poblaban lo que hoy son los EE.-UU., mientras que los toltecas habitaban en lo que hoy es México.
Se dice también que las razas-raíces y subrazas desempeñan su papel en el drama del Logos, es decir, que cada raza humana está destinada a representar un papel específico en el contexto de la humanidad. Así por ejemplo la raza india es filosófica, la mogol labradora, la teutónica comercial, científica individualista, la irania mercantil, la semita guerrera y navegante, etc., cosa que a todas luces se halla alejada de la realidad, constituyendo un mero invento basado en una visión corta de los pueblos.
Luego se habla de reencarnación o “ascenso de la vida a través de sucesivos cuerpos a más plenas y nobles capacidades de pensar y sentir”. (Obra citada, pág. 57).
La reencarnación, según la teosofía, se extiende a toda manifestación viviente, así “la vida de la rosa que muere, retorna a la correspondiente subdivisión del alma grupal de las plantas rosáceas para reencarnar luego en otra rosa; el perro que muere de una indisposición vuelve a su alma grupal canina y después reencarna en un perro de otra camada”. (Obra citada, pág. 58). Aquí podemos apreciar claramente el disparate. Se denomina reencarnación a la transmisión genética de los caracteres fenotípicos. Además, una rosa, mal puede reencarnar puesto que no está hecha de carne, pues encarnar dignifica revestir una sustancia espiritual o idea, de un cuerpo de carne y sabemos por otra parte que las plantas carecen de espíritu, conciencia, e ideas.
En esto último están de acuerdo todos los estudiosos serios de la botánica y sólo lo aceptan algunos místicos de las plantas y los que aún se adhieren al anticuado panpsiquismo o al no menos trasnochado hilozoísmo.
El hilozoísmo atribuye a la materia (o a sus partes) poderes o actividades psíquicas revelándose entonces como un materialismo. El panpsiquismo por el contrario, consiste en reducir la materia misma sin negarla a alma y es entonces espiritualismo. Ambas propuestas de ciertos pensadores enfrentados con el mundo son totalmente erróneas.
La teosofía presupone la idea de un dios creador y dice que cuando nace un niño, Dios no crea un alma para él, porque ésta ya existía mucho antes como espíritu. Esta alma humana tuvo anteriormente varias encarnaciones ya sea en forma de hombre, de animal o de planta.
Como vemos, esto parece ser en parte una especie de panpsiquismo o tal vez una forma críptica de hilozoísmo, o una mezcla de ambas cosas puesto que se acepta el alma incluso en los vegetales.
Pero la teosofía para diferenciarse de la idea de metensomatosis índica, dice que una vez individualizada el alma y hecha humana, ya no puede reencarnar en formas animales o vegetales, es decir en seres inferiores. Esto es así, dicen los teósofos, porque dando un paso atrás nada adelantaría el alma en su evolución, posibilidad de retrogradación que en cambio es aceptada por el brahmanismo.
Por ello esta creencia se halla emparentada, entre otras cosas, con el budismo (y también con el Jainismo) en su sentido redentorio, es decir, en cuanto el Buda redime al hombre de la metempsicosis, esto es, lo libera de futuras reencarnaciones cortando el hilo de éstas, para evitar caer en degradaciones tales como ser otra vez un batracio, reptil, ortiga, o cardo; al igual que Cristo “redimió al género humano de la condenación eterna” (según el dogma).
Una vez arribado al Nirvana, ya no se puede bajar; una vez en el goce del Paraíso judeocristiano es imposible la condenación.
Creo que estas ideas campean claramente en la metafísica teosófica, mezcla de muchas cosas incluida la doctrina cristiana.
Luego de una serie de explicaciones complejas que suenan a inventos de una mente infantil, como “los vehículos del alma: cuerpo físico para obrar, cuerpo astral para sentir, cuerpo mental para pensar y cuerpo casual para desarrollar”, se da una tabla señalando fecha y lugar de nacimiento, raza, subraza, sexo, años de vida y años entre las reencarnaciones para distintos individuos: A, B y C, “según sus últimas vidas: 20, 24 y 30 vidas respectivamente, etcétera”. (Ob. cit. Págs. 64, 65 y 66).
Luego se pasa a la ley del karma extraída de las creencias del brahmanismo y del budismo, según las cuales el destino del hombre después de la muerte depende de sus hechos en esta vida o de existencias anteriores, reencarnado en una clase superior o inferior. Pero ellos dicen que “la ley del karma es la relación de causa y efecto establecida a medida que el hombre se transforme en energía y tiene en cuenta no sólo el universo visible y sus fuerzas, como lo hace la ciencia, sino también lo invisible más amplio, que es la verdadera esfera de acción del hombre”. (Ob. cit. Pág. 77).
Sigue después una serie de explicaciones acerca de un mundo producto de las más frívolas elaboraciones mentales Traducido en otras palabras: una serie de esquemas basados en pura invención insustancial o en todo caso soportada por una mezcla de conceptos científicos, algunos de ellos en desuso o superados a la par de creencias milenarias extraídas del orientalismo, sin faltar el ingrediente del ocultismo.
Su fundamento no es otro que una supuesta inspiración directa de un dios universal, sobre todo en la nueva teosofía piloteada por Elena Petrowna Blavatsky.
Así dice, por ejemplo que: “Después de formado el cigoto (la primera célula del embrión compuesta de la unión del espermatozoide con el óvulo) los Señores del Karma (es decir las benéficas Inteligencias que dentro del plana del Logos actúan de árbitros del Karma) eligen los factores, puesto que el Ego no puede hacerlo todavía por sí. Si en la próxima etapa de la evolución tiene que desarrollar un don especial como, por ejemplo, el de la música, eligen los actores apropiados”. (Ob cit. Pág. 89).
Aquí evidentemente se juega con la biología, se tergiversan los resultados de las experiencias genéticas, se explica antojadiza y místicamente el código genético y, en definitiva, se embauca al lector lego en estas cosas.
Los teósofos han inventado una “ciencia” propia, sui generis, tomando a conveniencia y al vuelo conceptos y descubrimientos científicos de su tiempo, pero prosiguen con tan poco tino que ni siquiera se amañan para actualizar ciertas bases que otrora les sirvieron de andamiaje para montar su sistema mediante puras especulaciones.
Por ejemplo, para ellos continúa existiendo el concepto de éter como algo imponderable que lo impregna todo, incluso el espacio “tenido por vacío”. Este concepto ha sido abandonado por la moderna física tiempo ha, pero los teósofos parecen no haberse percatado de ello o han omitido actualizarse y ponerse a tono con los avances científicos, porque ello traería aparejada una revisión de su concepto de estructura del mundo, tarea bastante engorrosa y desprestigiadora para su sistema.
La existencia del fluido invisible, imponderable, pero necesario para explicar ciertos hechos físicos fue aceptada durante muchos siglos. La invención del éter fue necesaria en su tiempo para los físicos con el fin de explicar el enigma de la transmisión de la luz en el vacío. Si la luz poseía naturaleza ondulatoria -se razonaba- entonces era necesario que algo ondulara, como el agua o el aire en la transmisión del sonido. El éter que lo llenaba todo era el medio ideal, necesario, para ello. Si bien no podía ser detectado, se hacía imprescindible aceptarlo. No podía ser sólo una existencia teórica, o una posibilidad, sino una necesidad su existencia real.
Sin embargo cuando fue dilucidada la naturaleza de la luz comprobándose que el fotón se comporta al mismo tiempo como partícula y onda, pudiendo atravesar de este modo el espacio vacío entre las estrellas y el Sol y la Tierra, entonces el éter no fue ya necesario y ha sido borrado de un plumazo de todos los textos de física.
Sin embargo, los teósofos nos continúan hablando de que “la materia (un ladrillo, una montaña, la luna, un terrón de azúcar, los océanos, etc.) consiste esencialmente en agujeros en el éter”. (Obra citada, pág. 161).
“Así como dice muy bien Poincaré (1854-1912) el átomo no es más que un agujero en el éter. Sin embargo este agujero en el éter está lleno de Naturaleza Divina”. (Obra citada, pág. 172).
De modo que no se han molestado en actualizar los anticuados conceptos de Poincaré y continúan aceptando la teoría del éter y nos hablan de “una sustancia que llena los espacios interestelares y nos transmite las ondas luminosas de la estrellas lejanas”. (Ob. cit. Pág. 101).
También han inventado ciertos mundos invisibles que dicen estar dentro de los límites de nuestro sistema solar y son “los que forman los campos de experiencia de nuestra humanidad en evolución”. Dividen en siete (no podía ser otro número que el clásico siete, por supuesto, pues siete eran los planetas que rodean al sol, siete las maravillas del mundo, siete los sacramentos de la religión católica, siete los días de la semana etc.) los planos del sistema solar y los muestran perpendiculares en la figura de un cubo a saber, siete horizontales y siete verticales. Así los horizontales se refieren respectivamente a los mundos divino, monádico, (de mónada), espiritual, intencional, mental, astral y físico.
Así también dicen que cada uno de nosotros tiene un cuerpo de materia astral –así llamada por ser estrellada o luminosa- y que se llama cuerpo astral y, asimismo, que cada uno posee un cuerpo mental y otro casual, hechos con materiales del mundo mental.
Y no todo termina aquí, también nos informan que hay planos cósmicos más allá del sistema solar, etcétera.
Luego de describir de un modo estrafalario la estructura de cierto “átomo físico positivo”, después de explicar un esquema de evolución en siete cadenas, y de explayarse en una química muy particular denominada química oculta cuya estructura “ha sido observada con los dilatados poderes de clarividencia” (?), y otras extravagancias, hablan de una física que por sus características parece estar también oculta, pues no condice con la que estudian los físicos de las universidades del mundo. Su concepción de la física atómica, por ejemplo, parece un invento de niños que juegan a ser sabios.
Dicen estos románticos, por ejemplo, que el “átomo físico es un corazón viviente que late enérgicamente; y al mismo tiempo un transformador con sus tres espirales gruesas y siete delgadas, formadas cada una con siete órdenes de espiralillas”, y los dibujan efectivamente como un corazón hecho de espirales que más bien se asemeja a un sofisticado esqueleto del tórax humano. (Ob. cit. Pág 228).
Podemos decir en forma irónica: ¡Presten atención ahora señores físicos de las universidades del mundo y verán que todos ustedes están equivocados con su “ciencia oficial”!:
“En las tres espirales fluye corrientes de diferente electricidad: las siete vibran en respuesta de toda clase de ondas etéreas –al sonido, la luz, al calor, etc.; muestran los siete colores del espectro; dan los siete sonidos de la escala natural; responden en variadas formas a las vibraciones físicas- brillando, cantando, pulsando cuerpos se mueven sin cesar, inconcebiblemente bellos y brillantes”. (Obra cit. Págs. 227 y 228).
Finalmente, se describe una sarta de disparates donde una vez más se mezcla cristianismo, hinduismo y otras cosas con fantasías mil, propias de una mentalidad totalmente acientífica proclive a impresionar a los demás con mucho de poesía mística y visión de un “mundo color de rosa” totalmente alejado de la ambigua y muchas veces cruel realidad.
¿De dónde sacaron los teósofos todas estas fantásticas lucubraciones? ¡Han sido reveladas!, se apresuran a contestar. ¿Quién así las recibió? ¿Algún (o algunos) privilegiado de este mundo? Ello se pierde en el pasado, y sus principios se vienen arrastrando hasta el presente. Hay que tener en cuenta que la teosofía es muy antigua y fue profesada en la India, en Egipto, en Grecia y otros lugares.
Más si todo esto fuera el producto de un magno plan cósmico para la especie humana en pleno, hoy día, el mundo entero debería hallarse al tanto de aquella no menos magna revelación. Pero resulta que es un porcentaje ínfimo de la humanidad el que posee noticias de este “conocimiento profundo de la divinidad” (teosofía), de modo que nace en nosotros la perspicua impresión de que el “Gran Plan” ha fracasado irremisiblemente en sus alcances, o de lo contrario… se trata de un plan injusto que mezquina la “verdad” a más de 6.500 millones de “almas” del mundo que no saben para qué están en él y se entretienen, mientras tanto, con otras doctrinas extrañas a la teosofía, o que, con olímpico desprecio de las cosas “reveladas” (que no condicen con el actual conocimiento) guardadas por los depositarios de la “verdad”, viven (en sentido irónico) alejados de ésta.

Posted by isisdiosa99 in 07:45:36 | Permalink | No Comments »